ASILO DE
SANTA CRISTINA (V) |
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CIUDAD UNIVERSITARIA,
MONCLOA, MADRID |
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El palomar del Asilo |
La iglesia en construcción del Asilo | Entrada a un pabellón dormitorio |
| LAS
GRANDES FUNDACIONES: Asilo de Santa Cristina Artículo de una revista de 17 de noviembre de 1904 |
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| Le conocéis? Sí,
lector; confiesa que has sido curioso con utilidad alguna
vez, y que una tarde de la pasada primavera o de este
otoño, caminando por los nuevos y ya más cuidados
paseos de la Moncloa, atalayaste en el primer tercio de
la carretera, a tu diestra, unos edificios largos,
severos, de moderno gusto arquitectónico, fuertes, de
ladrillo rojo, que prolongada verja, a la par que los une
en una sola finca, libra de asaltos inoportunos...
Letreros en el frontispicio de estas casas pabellones, te
descubren bien a las claras la fundación de la caridad a
que pertenece la buena obra. Es el que tienes delante,
Asilo de Santa Cristina, del que tú recuerdas haber
leído algo en elogio, en periódicos y revistas.
Efectivamente: quizás tus ojos reconocen ya, por haberla
visto en fotografía, la entrada del gran Asilo, con sus
dos calles de árboles, de pinos y acacias y rosales; un
jardín enmedio, y unas hermanas de la Caridad en el
atrio, espiando los inocentes juegos de doscientos o más
chiquillos alegres, revoltosos y sanos, que se divierten
entre las flores; más allá la célebre iglesia, siempre
en construcción, porque en ocho años-la vida del
Asilo-ninguna buena y acaudalada persona se acordó de
concluir por sí sola este que sería soberbio templo del
culto cristiano, Y las viejecitas asiladas, al parecer
sin duelo, en gran número, toman junto a los tapiales
los rayos del sol. Más a la izquierda, las modernas y
coquetonas escuelas, el gimnasio, los limpios
dormitorios, los talleres, el salón de baño, con
grandes pilas y aparatos costosos, y hasta una máquina
de desinfección, traen a tu memoria otras vistas, ya
esfumadas en el olvido. Enfrente, el nuevo y soberbio
comedor, donde se condimenta a diario guiso para
quinientas sesenta personas, de tan buen olor y gusto
como la de tu misma casa. La elevada torre del comedor,
aunque parezca extraña, es acicate a tu deseo a conocer
detenidamente este Asilo modelo, el más notable de todos
los de España -y tal vez de Europa,- edificado y
mantenido por la caridad de todo el mundo y por el
altruismo en su último grado y la más sublime,
maravillosa y nunca bien ponderada constancia de un solo
hombre: D. Alberto Aguilera. Y si entras en el Asilo de Santa Cristina, yo te juro, lector amado, que todo lo que veas y oigas durará por mucho tiempo en tu imaginación. De los labios de estas pobres criaturas, ya sin otro amparo en el mundo que el de las buenas almas, tú oyes un montón de cosas, en extremo interesantes, que te maravillan... Y unidas con las historias de muchas personas que fueron felices, poderosas y muy conocidas en la Sociedad, y que hoy, sus yerros o desgracias, han conducido a un triste estado de infortunio, todos los asilados cuéntante también prolijamente, el notable funcionamiento de la madre casa, y su pasmoso desarrollo en los pocos años que lleva de existencia. Todo en Santa Cristina está previsto. La separación de hombres y mujeres es completa. Las escuelas son modelo en su clase; nada falta en ellas para la enseñanza. Tienen las niñas talleres, donde aprenden todas las labores y oficios de su sexo. Los niños con la escuela, academias de dibujo, de escultura, de canto y de música -de donde ha salido la ya notable banda de Santa Cristina,- disponen de talleres para los oficios manuales, y también de una magnífica huerta, que todos los pequeños, dirigidos por su profesor, cuidan en estudio. La huerta es extensa, y en ella se producen todos los frutos y hortalizas que son necesarios para el consumo del Asilo. Pero no concluye aquí la producción de la casa ya casi en granja convertida. Hay un palomar, un establo con ocho o diez vacas suizas, regalos de los reyes y damas de la aristocracia; un gallinero de razas con incubadoras, una conejera, cerdos y una piara de ovejas, etc., etc. Todas las faenes hácenlas, en las obras de albañilería, carpintería, pintura y herrería, los asilados jóvenes, y por su trabajo cobran un jornal. -Estamos satisfechos y no queremos salir de este Asilo- dicen viejos y jóvenes. -¿Podrá algún día ser alguna ayuda importante para su sostenimiento lo que se produzca en este Asilo? -preguntáis, -Sí; cerrando las puertas aun a las mayores desgracias y reduciendo el número de los acogidos, a un centenar en vez de 560 que hay en estos meses; pero esto no lo hará nuestro Padre -0s contestará.- ¿Quién, Dios?... -No, señor; el que fundó esta casa, el protector, juez, vigilante, nuestro hermano, cuya memoria será imperecedera y cuyo ejemplo debieran imitar los que pueden y nunca se acuerdan de los pobres que por esas calles mueren de hambre: Don Alberto Aguilera. Andrés de MONTALBÁN |
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Vista general del comedor del Asilo durante la comida |
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Vacas para el servicio del Asilo |
Aspecto del lago |
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Un rincón de la Granja agrícola del Asilo |
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